Esta es la historia de un muchachito que tenía muy mal carácter. Su padre le dio una bolsa de clavos y le dijo que cada vez que perdiera la paciencia, debería clavar uno detrás de la puerta.
El primer día, el muchacho clavó 37 clavos. Durante los
días que siguieron, a medida que aprendía a controlar su temperamento, clavaba cada vez
menos. Descubrió que era más fácil
dominarse que clavar clavos detrás de la puerta.
Llegó
el día en que pudo controlar su carácter durante todo el día. Su padre le
sugirió que retirara un clavo por cada día que lograra dominarse.
Los
días pasaron, y pudo anunciar a su padre que no quedaban clavos por retirar. El
hombre lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo:
Has trabajado duro, hijo mío, pero mira esos hoyos en la madera: nunca más será la misma. Cada vez que pierdes la paciencia, dejas cicatrices como las que aquí ves. Puedes insultar a alguien y retirar lo dicho, pero la cicatriz perdurará para siempre. (Tomado del libro La culpa es de la vaca, Lopera Gutiérrez y Bernal Trujillo. tomo I).
Reflexión: la manera
de hablar nos delata y es importante entender que, desde la misma palabra de
Dios, podemos bendecir o maldecir con ella. Por eso, la invitación es a limpiar
nuestro vocabulario y bendecir a todos los que estén a nuestro alrededor, aún
al enemigo, con palabras de ánimo, aliento, gozo, paz porque aún el necio ante
una respuesta blanda, se aplaca. Las heridas por palabras duras se llevan en el
corazón, en el alma y como lo dice la lectura, son mus difíciles de borrar. En
Cristo podemos hacerlo, así que hoy la motivación es a hablar palabra honesta,
de bendición y no maldición, que levante y no que derrote. Tú puedes, cambia
esa vieja manera de hablar y hoy, seamos obedientes a la palabra de Dios.
No digan malas palabras, sino sólo palabras buenas que edifiquen la comunidad y
traigan beneficios a quienes las escuchen. Efesios 4: 29
La vida y la muerte dependen de la lengua; los que hablan mucho
sufrirán las consecuencias. Proverbios
18: 21
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